La Gran Coalición, una apuesta de riesgo en Europa

AFP

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Por ABC.es

 

 

 

La expresión «Groko», abreviación de «Grosse Koalition», ha sido declarada palabra del año en Alemania. No sin razón, porque esta vez los dirigentes democristianos han necesitado tres meses para acabar de perfilar un pacto que, por un lado, ha concentrado el mayor respaldo político que ha tenido un jefe de gobierno europeo en toda la actual crisis económica, pero, por otro, deja despejado el campo para que se desarrolle en Alemania una oposición esencialmente antieuropea y poco partidaria de los convencionalismos políticos tradicionales. Lo más moderado que queda fuera de la coalición de gobierno en Alemania son los Verdes. La contrapartida es que, cuando Angela Merkel acude a Bruselas a defender una cierta política en nombre de Alemania, ningún otro dirigente puede esperar que la representante del país más importante de la UE vaya a tener problemas en casa para defenderla.

La fórmula de la gran coalición se ha consolidado en Alemania como una expresión de civismo constructivo por parte de la clase política. Las tradicionales políticas de consenso germanas tuvieron un especial significado en la Guerra Fría, cuando los valores esenciales de la democracia podían verse amenazados. Ahora es sobre todo fruto de una necesidad aritmética, pero se justifica también porque Alemania no es un país cualquiera en esta Europa dolida y desorientada ante la crisis.

Una «gran coalición» ha sido necesaria en algunos de los países más dañados por la crisis: en Grecia o en Italia ha sido la propia UE la que ha impuesto indirectamente la formación de gobiernos de gran coalición, porque al presidente de la Comisión Europea, José Manuel Barroso, no se le ocurría mejor manera de que los mercados se convencieran de que estos países llevarían a cabo las reformas necesarias para evitar la bancarrota.

A disgusto y arrastrando los pies, los Parlamentos han terminado aceptando tal «obligación». En el caso del excomisario europeo Mario Monti, que se hizo cargo de una Italia a la deriva en 2011 y evitó un naufragio que podría haber tenido gravísimas consecuencias para toda la UE, los electores le enviaron a casa de la forma más humillante un año después.

En Grecia, la gran coalición de los conservadores de Antonis Samarás con los socialistas del Pasok es la segunda experiencia seguida de gran coalición. Y sus consecuencias son también ambivalentes. Por un lado, es evidente que sin gran coalición no se habrían podido poner en marcha las recetas de la «troika». Pero, por otro, el principal beneficiado de esta situación es el dirigente de la izquierda radicalAlexis Tsipras, que está planeando dar el gran salto al escenario europeo en las próximas elecciones europeas.

Con el puñal escondido

Las experiencias de gran coalición no han significado hasta ahora que ninguno de los partidos que la forman pierda su identidad. Siempre hay un vencedor, pero eso no se sabe hasta el final. El diario alemán «Tagesspiegel» representó en una caricatura a Merkel y al líder socialista Sigmar Gabriel como una pareja que ante el altar se comprometen «a permanecer unidos hasta que la muerte nos separe», ocultando cada uno de ellos un arma (Merkel un puñal y Gabriel una pistola) para dejar claro que ambos están esperando que el desenlace llegue pronto y que están dispuestos a arreglárselas para que el políticamente «muerto» sea el otro.

A Merkel no se le dio mal en su anterior experiencia entre 2005 y 2009, tras la que los electores le permitieron formar una alianza con los liberales y enviaron a los socialdemócratas a la oposición. Sin embargo, en otros tiempos fue al revés: la gran coalición formada en 1966 por el democristiano Kurt Georg Kieisinger sirvió para preparar el camino del mítico dirigente socialdemócrata Willy Brandt a la cancillería y el inicio de una larga era de gobiernos de izquierda en Alemania.

En Austria, la gran coalición entre socialistas y populares, o viceversa, ha sido la fórmula más repetida desde el fin de la Segunda Guerra Mundial y, a la larga, ha fomentado en este país el fermento y la efervescencia de fuerzas de extrema derecha. Con todo su bagaje de estabilidad institucional, Austria ha sido el único país que ha provocado una situación de alerta en el seno de las instituciones europeas, ante la posibilidad de que su Gobierno pudiera ser considerado como ajeno a los valores esenciales de la UE por culpa de una extrema derecha en auge.

Pero si hay un país donde se han hecho experiencias de diversos modelos de gran coalición ese es Bélgica. El Gobierno de Elio di Rupo concentra no solo a democristianos y socialistas, sino que suma también a los liberales. Y –típicamente belga– los tres partidos se desdoblan en sus distintas e independientes formaciones flamencas y valonas. Es decir, el Gobierno federal se sostiene en todo el arco político, única fórmula para formar una mayoría que excluyera a los independentistas flamencos, ya sea a los xenófobos del Vlaams Belang o a los republicanos de la NV-A del actual alcalde de Amberes, Bart de Weber, cuyo único programa se resume en la desaparición de Bélgica o su reducción a su menor expresión. El «pasteleo» fomentado por esta «Groko» a la belga es tal que en las elecciones de 2014_puede que no sea posible frenar a los separatistas ni siquiera sumando a todos los demás partidos. El presidente del Consejo Europeo, el democristiano flamenco Herman van Rompuy ha anticipado que los belgas «deberán trabajar mucho para permanecer unidos».

Coalición europea

Claro que en Alemania, afortunadamente, no existe este tipo de riesgos disgregadores. Es más, se podría dar la circunstancia de que el modelo instaurado en Berlín se exporte a Bruselas. No aparece en el documento del pacto entre la CDU_y la CSU, pero es posible que si los socialistas tienen un buen resultado en las elecciones europeas, el socialdemócrata alemán Martin Schulz reclame a la canciller su apoyo para ser presidente de la Comisión Europea. Sería un doble ejemplo de la supremacía alemana y de su capacidad para buscar un compromiso entre fuerzas divergentes. Shulz es tan alemán como Merkel, pero como presidente del Parlamento Europeo ha dejado claro con palabras y hechos que no representa la misma política.

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