La política exterior de Rusia, lejos aún de la interior

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Por: Fiodor Lukiánov

Rusia entra en el año 2014 con unos resultados paradójicos en su política exterior. Es evidente que durante el año pasado el peso del país en el escenario mundial ha aumentado. Respecto a Siria, Irán, la Unión Aduanera y Ucrania, el Ministerio de Exteriores ha demostrado su capacidad de lograr lo planteado. En este contexto no resulta extraño que Vladimir Putin encabece la lista de los líderes de mayor influencia, según la revista Forbes. Mientras, al titular de Exteriores, Serguéi Lavrov, los periódicos occidentales de renombre le dedicaron sendos artículos que le reconocen como uno de los diplomáticos más importantes de la actualidad.

La paradoja consiste en que estos éxitos en la palestra internacional cada vez quedan más lejos de cómo perciben a Rusia en el mundo y cómo perciben la diplomacia rusa los rusos mismos.

Fuera…

En cuanto a la percepción de Rusia en el mundo, tanto en Occidente como en Oriente el reconocimiento de su habilidad diplomática no disipa la convicción de Rusia como país en decadencia.

Existe la difundida opinión de que la actual estructura de la economía, tan dependiente de la coyuntura internacional, y las principales tendencias demográficas, que podrían someterse a correcciones cuantitativas pero no cualitativas, no muestran cambios de calado, el papel de Rusia en el mundo decrecerá. Interpretan por tanto el auge actual de la diplomacia rusa como el canto del cisne y ven como imposible que Rusia vuelque su sistema de prioridades internacionales y sacrifique el prestigio en aras del pragmatismo y sus ambiciones, desarraigadas de las posibilidades reales, tarde o temprano estallarán como pompas de jabón.

En Occidente lo dicen abiertamente; en Oriente, sin enfatizarlo, aprovechan la actividad rusa en sus propios intereses.

Y dentro…

La percepción de la diplomacia rusa dentro de Rusia misma tiene sus peculiaridades.

Está claro que la mayoría de la población quiera que Rusia sea protagonista principal de los procesos internacionales. No obstante, de por sí la diplomacia  no refleja los intereses concretos de determinados sectores sociales. Vale mencionar que los auténticos intereses nacionales, aquellos que van más allá de la burocracia profesional, ni siquiera están formulados. La sociedad rusa está acostumbrada a ver la política internacional y la estrategia global como atributos propios del poder y parte de la convicción de que quienes gobiernan saben lo que hacen. Esta visión se ha consolidado aún más con la llegada al poder de Vladimir Putin, cuya política internacional cuenta con un amplio apoyo popular. La idea de recuperar el papel de gran potencia gusta a la mayor parte de la población de Rusia. Además, Putin, a pesar de una retórica a veces muy dura, siempre se ha comportado con precaución, limitándose a reaccionar a las acciones de los demás sin cruzar los límites peligrosos.

Hoy en día, la sociedad rusa empieza a tomar conciencia de su papel e importancia. Es un proceso lento y las prioridades del ciudadano poco tienen que ver con la política exterior de Rusia. Sin embargo, la emancipación  también influirá sin falta en la política exterior, la percepción de cuál puede y debe ser la diplomacia rusa varía considerablemente, y ya en un futuro próximo habrá que responder a varias preguntas. ¿Quién es el beneficiario de la política exterior rusa? ¿Cómo responde la diplomacia a los intereses de distintos sectores de la economía, comunidades religiosas, étnicas y sociales? Muchas veces, lejos de coincidir, semejantes intereses se contraponen.

Es decir, la clase media, independientemente de cómo la definamos, tendrá una posición distinta respecto al papel de Rusia en el mundo que los jubilados. En igual medida la actitud de los musulmanes respecto a la Primavera Árabe podría diferir de la oficial.

Los ejemplos pueden son muchos pues Rusia es muy diversa y el número de puntos de vista posibles es casi infinito.

En este sentido es muy significativa la ‘batalla de Kiev’. Rusia logró ganar a la Unión Europea, desvirtuando sus planes y anulando los resultados de la Asociación Oriental. Sin embargo, la inversión de 15.000 millones de dólares del Fondo de Bienestar Nacional de Rusia en valores de una Ucrania al borde de la quiebra no sólo contradice las normas de manejo de dichos recursos sino que también hace dudar de los objetivos de la maniobra. ¿A qué intereses sirve, si dejamos de lado la posición del Estado en el escenario internacional y consideramos sólo las necesidades concretas de los distintos grupos de población?

Nadie, ni la sociedad, ni sus intelectuales debaten el papel que Rusia deberá desempeñar en los próximos decenios, qué objetivos perseguirá y con qué fines y con  qué medios. Cuanto más éxitos coseche la diplomacia, más evidente será que esos logros  parecen estar suspendidos en el aire, alegrando la vista aunque sin raíces. Pero sin semejante debate el abismo entre la política exterior y la interior será cada vez más hondo.

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